El Hombre en la Orilla

Caminando a la orilla de un pequeño lago, observaba el revoloteo de las mariposas. El aire se sentía limpio e invitante, por lo que me senté bajo un viejo árbol. Las raíces del árbol sobresalían de la tierra al igual que las venas sobresalen en mis manos. En la distancia podía oír dos voces. La primera voz era gruesa como la mía, y decía palabras placenteras en un tono de voz que habría ahuyentado a casi todo ser viviente. La otra voz, suave y tímida, preguntaba incesantemente acerca del por qué de todo lo que los rodeaba.

Para verlos mejor me acerqué más a la orilla, y así pude ver dos personas en un bote pequeño en el lago. Eran un padre y su hijo, pescando. El niño parecía muy triste debido a su infructuosa pesca del día. Constantemente preguntaba por qué a los peces no les habían gustado sus lombrices. El padre le decía, con la mayor delicadeza posible, que los peces a veces son tan delicados para comer como los niños. Aun puedo escuchar al padre debatiéndose entre la pena y la frustración por no poder ayudar a su niño a sacar un pez.

Sintiendo pena por la angustia del padre, les grité: “tiren sus anzuelos en el lado del bote donde da la sombra del árbol”. Me pareció escuchar al niño preguntar por qué había en la orilla un viejo a quien no habían visto antes, pero el padre estaba concentrado tirando su anzuelo en la parte sombreada del bote. A los pocos minutos de echar sus anzuelos al agua, el padre sintió un tirón en su línea, y exclamó: “¡parece ser uno grande!” Le dio la línea al niño, y lo ayudó para que pudiera sacar al pez sin perderlo.
Observé mientras sacaban al pez fuera del agua y lo ponían en la red. El niño sonrió alegremente al ver el pescado por el que había esperado todo el día. Padre e hijo me buscaron para darme las gracias, pero yo ya estaba fuera de su vista, caminando entre los arbustos que rodean el lado. Pude ver sus sonrisas a la distancia mientras remaban hacia el muelle.

Recuerdo cuando llevaba a mi hijo al lago y le enseñaba cómo los peces  cambian de lugar, y por qué algunas veces no les gustan las lombrices. Recuerdo haberle enseñado que no siempre depende de las lombrices; a veces es el pescador quien debe saber dónde tirar la línea.

Cuando Jesús vivió en la tierra guió a sus compañeros (Juan 21:1-14), al igual que el hombre en la orilla guió al padre con su hijo en la parábola arriba contada. Hoy, Cristo se mantiene en la orilla de nuestras vidas, y nos pregunta: “¿Cómo está la pesca? ¿Han encontrado la vida abundante y valiosa que creé para ustedes desde el principio?”. Cristo se mantiene listo para enseñarnos “dónde arrojar nuestras líneas”, y así encontrar júbilo en nuestras vidas a través de la guía de su Palabra.
Padres, para experimentar la alegría de la dirección de Cristo, continúen buscando por “el hombre en la orilla”. Él está siempre dispuesto a dar dirección a quienes se la piden. Nuestro amor y nuestros mejores saludos para usted en este Día del Padre.